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Mar/18

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¿Y si nos ponemos a dieta en el cine?

Sin importar el tamaño del bolsillo de todos a los que nos gusta ir al cine, hay una percepción generalizada que darse tal gusto será, por decir lo menos, una experiencia costosa. Y es que debemos sumar a la entrada, la compra de lo que usualmente se come mientras vemos una película: canchita, bebidas, dulces, etc. Pues esa percepción no solo era tal, sino que era tan real que fue objeto de una denuncia por parte de ASPEC (Asociación Peruana de Consumidores) y resuelta por el Tribunal de Defensa de la Competencia y de la Propiedad Intelectual – Sala Especializada en Protección al Consumidor.

El pronunciamiento de la Sala se orientó a que Cinemark y Cineplanet se abstengan de aplicar en contra de los consumidores cláusulas limitativas para el consumo de alimentos y/o bebidas y en ese sentido, exige que retiren de sus salas de cine los avisos donde informa a los consumidores la prohibición del ingreso con alimentos y/o bebidas adquiridas fuera de su establecimiento. La Sala ha establecido que el ingreso de alimentos a las salas de cine se supeditara a aquellos productos iguales y/o de similares características a los que Cinemark y Cineplanet venden en sus locales, de acuerdo a los usos y costumbres del mercado (al momento de la redacción de la presente nota, Indecopi ya había aclarado sobre el tipo de productos a ingresar, que bajo ningún motivo se han fijado precios de venta dentro de las cadenas de cine, sobre los mecanismos idóneos de información al público y que las medidas correctivas no alcanzan a las salas prime, etc.)

Si bien la intención del pronunciamiento, pareciera tener como objetivo una defensa del consumidor, no es claro si quiera saber cuál es el servicio por el que el consumidor está pagando; si, paga simplemente por “ver una película” o si paga por “la experiencia de ver una película en el cine (incluida canchita)”.

De una revisión de experiencias similares hemos verificado que en Brasil el Tribunal Supremo de Justicia trato hechos similares como una venta atada y prohibió a los cines establecer ese tipo de restricciones al ingreso a sus salas. En otros lugares como Estados Unidos o Irlanda, se han presentado demandas por el alto costo de los servicios complementarios de los cines, pero sin mayor éxito. Al parecer, el meollo del tema de los precios va por el lado de que los cines no comparten con nadie las ganancias de dichas ventas, mientras que sí tienen que compartir el ingreso de las entradas con las compañías distribuidoras de películas.

Es más, desaparecer la prohibición del ingreso a sus salas de cine con alimentos y/o bebidas adquiridas fuera de su establecimiento, puede tener impacto en otros mercados de servicios, cambiando las “reglas de juego” en éstos mercados (como es el caso de la venta de bebidas alcohólicas en discotecas o conciertos, o el precio de las mismas en restaurantes y bares) en donde el mismo criterio podría aplicarse y donde los precios parecen también excesivos. La intuición no nos permite predecir éstos efectos: ¿Cuán eficiente es esta medida para el consumidor, para las empresas y la sociedad en general? ¿Cuál es el mercado relevante de los cines? ¿Qué falla de mercado busca corregir? ¿Qué impacto podría tener en otros mercados similares?

Desde un aspecto jurídico, en tanto que es un espacio privado, pareciera una restricción a la libertad de hacer empresa y de libre iniciativa privada, en tanto que no se obliga a los que van al cine a consumir dichos alimentos. Los consumidores están en la libertad de hacerlo o no. Para la calidad de alimentos que el cine nos ofrece, quizás sea mejor pensar en ver una buena película y en hacer algo de dieta por la duración de la misma.

Artículo elaborado por Jorge del Castillo Reyes, docente de la carrera de Economía y Negocios Internacionales de la Universidad ESAN. ed meds usa.

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